Simpatía por la muerte.
Dulce adicción morbosa.
Es increíble como podés esfumar
tantas alegrías
viviendo como si no nos conociéramos.
Peligro de hundirme
en el pozo que tan bien conozco.
La soledad me llama de nuevo,
me tira, me levanta, y me vuelve a tirar.
Te encuentro en todo rincón
por donde quiero escaparte.
El tiempo no para,
pero no llego a entender
cómo las horas corren tan despacio.
Es una caricia que lastima,
lo sé.
Pero también es una indiferencia que mata,
la que te estoy reclamando ahora,
dejar de lado por un rato.
Volver a hacernos daño
no es un final que me atormente.
A esta altura, se siente delicioso.
Las heridas se adaptan
y soportan crudamente
el paso de tus besos equívocos.
No vas a comprender
lo que nunca voy a pedirte.
Pero estoy segura
que sabrías descifrar lo que significa
mi llanto cuando no duermes conmigo.
Obsesión por jugar una batalla
perdida de antemano.
Deseo de llegar errante
donde sólo habita el olvido,
(como dice un genio, admirado en demasía).
Desafíos que prometí
no volver a provocar,
pero que, sin embargo,
invaden cada parte de esta historia.
Una partida más.
El dolor no va a crecer
porque ya no tiene cómo.
Esperando, así, el momento oportuno
para caer nuevamente, como siempre,
una y otra vez,
en el maravilloso abismo
de tus ojos.
Morir ya no es el final más triste.