
Te miro fijamente
observo cada detalle de tu rostro,
intento traspasar las barreras que separan nuestros mundos
para entender el por qué de tantos cambios.
Y sólo me encuentro con un ser desconocido,
perdido,
extraño a todo tipo de recuerdo,
a todo tipo de pasado.
No hay explicación racional
que me lleve a comprender
cúal fue la espina que hizo tanto daño.
¿Cuándo perdiste la magia?
¿En qué corazón apostaste tu alma?
Por más esfuerzo que haga te alejas progresivamente
de esta persona que intenta rescatarte.
Entiendo que las heridas sean muchas,
y duelan,
y que el tiempo no haya sido suficiente
para cicatrizar todo paso y destrucción,
pero no quiero perderte,
no vale la pena seguir huyendo,
no de mí,
no de ésto.
Te miro,
paso horas mirándote a los ojos.
Y aún te encuentro allí,
pero ya no sos como solías ser.
Ahora un manto de tristeza y soledad
te cubre por completo,
y te muestra frágil,
sensible,
irreal.
Y lloro al verte así,
y lloras porque tú tampoco deseas sufrir esa angustia desmedida,
pero no tenés fuerzas para salir del pozo en el que estás muriendo,
y todo parece tan abstracto y superficial,
y toda caricia es en vano,
la confianza se esfuma,
sólo queda soledad,
soledad, melancolía, soledad.
¿En cuántos besos equívocos perdiste la sonrisa?
¿Cuándo fue que mataste tus ganas de volar?
¿En cuántas palabras te ganó el silencio?
¿Cuántos fueron los te quiero que ahogaste en el mar?
Te miro, querido ser.
Te miro con ansias descontroladas, inmensurables deseos de salvarte.
Por momentos creo reconocerte, y, por más efímeros que sean esos instantes,
siento que, aún, puedes percibir el reflejo.
Todavía estoy buscando la salida.
Todavía estoy buscando una luz, nuestra luz, que nos abrigue de tanta oscuridad.
Aún hay ganas.
Los espejos reflejan, a veces, personas que creemos reconocer.
Otras, simplemente, nos presentan, cara a cara, con algun ser extraño a nosotros mismos.
Ahí estriba el problema, ahí es cuando nos preguntamos dónde nos perdimos.
Esa es la lucha.