
A veces el olvido se equivoca.
Y se pierde en brazos ajenos,
en encantos externos,
en dudas desnudas.
A veces, el olvido se olvida
de olvidar lo que no importa,
y pacta con inseguridades y miedos
sin más valor que el valor común de las cosas.
Pero, en ocasiones, el pacto es con el diablo
y se enceguece ante verdades crueles pero reales,
que la muestran coqueteándote, conquistándote,
haciendo que te pierdas en su belleza, entre sus piernas.
A veces el olvido se encapricha
y abusa de toda memoria capaz de mantenerte,
aunque sea sólo imaginariamente,
lo más cerca posible.
En unas cuantas noches intranquilas, desea borrarte definitivamente de su contexto,
dejarte fuera de su ámbito de dominio y sumisión,
cruzando la barrera de lo inexistente, lo que nunca fue.
Pero amanece, y sólo siente la insoportable resaca de la impotencia y desesperación.
Y hay que tener presentes esas oportunidades macabras
en donde un juego no tan sano, mucho menos que prudente,
nos lleva a caer en el deseo de desear lo que no debemos,
de intentar recuperar aquello que sabemos abandonado,
incapaz de un segundo round.
(¿qué me viene a hablar de otra oportunidad?)
Y así, jugadores, soñadores, ilusos
nos embarcamos en una esperanza tan perfecta como fugaz,
volátil, irrealizable,
predestinada a morir aún antes de su primer llanto.
A veces, el olvido se equivoca demasiado;
no respeta dolor alguno, no hace caso a ningún ruego inútil,
y te trae hasta mi cama
con la fantasía de que puedas olvidar
aquel febrero donde te olvidaste de mi,
de nosotros.
¿Qué hay del orgullo, qué hay?
¿Será que es tan necio e hipócrita como para aceptar
la magia de tan maravillosa primavera?
¿Será, acaso, el olvido tan cobarde que ni siquiera pueda resignarse a comprender que el amor realmente cambia de lugar?
¿En cuántos bares habrá querido desaparecerte?
¿Con cuántos tequilas habrá intentado ocultar saber
que pensando en ella perdés la cabeza?
A veces el olvido se equivoca.
Y se olvida de olvidar
que ya nos olvidamos.
Por alguna extraña razón, yo lo dejo equivocarse.