jueves, noviembre 15, 2007

a veces se odia de a ratos, lo que se ama

¿Y qué importa si ahora nos perdemos?
Que ya no, no tiene importancia.
Si rescato lo mejor de lo vivido, prometo quedarme con aquellos cuerpos inocentes que se amaban sin saberlo, pero sin temores ni heridas que intentasen atormentarlos (no, no ellos); voy a salvar del pasado todos esos te amo que no te dije a tiempo, pero que estaban depurados de esta tristeza que hoy los contamina y confunde; juro que voy a resguardar la seguridad con que nos mirábamos, tal vez no tan real, pero mucho más verídica, que mantenía firme el principio de amarnos sin terceros, sin excusas, sin más magia que la nuestra; voy a mantener intactas nuestras charlas en todos los parques, las noches sin flores, los besos sin primaveras. Y, aunque no sea una tarea del todo fácil, intentaré valorarme como lo hacía antes; retenerte justo en esos instantes donde vos me creías única.
De otro, será de otro,
como antes de mis besos,
su voz, su cuerpo claro, sus ojos infinitos.
¿Cómo no adorarte querido Neruda, si en simples palabras reduces un infinito mar de sentimientos?
Igual que las cosas que vivimos, se fueron y nos fuimos.
Y, entonces, ¿cómo seguir luchando por tu cariño cuando es otra la que acaparó toda tu atención? ¿Con qué armas luchar contra un ser casi divino, tal vez sobrenatural, que todo lo es, que todo lo tiene, que pudo, incluso, hacerte poner ese punto final que nos (me) destruyó por completo? Lo sé, no admite competencia de ninguna clase. No hay manera de ganarle. Suicida, masoquista, hacerle frente a su belleza.
"Y Wendy parecía mejor premio que yo y, por eso, me dejaste. Y ahora que no funcionó nos perdiste a las dos. Y quieres volver."
Y, ¿qué importa perdernos, ahora, de nuevo? Si nunca pudimos recuperarnos de la primera pérdida, es indudable que una segunda oportunidad no nos servirá de mucho. No, no es amor. Es desconsuelo.
Semejante hermosura, comparable a la más perfecta perfección, si la perfección existiera; ¿cómo no habrías de dejarme teniendo la posibilidad de estar con ella? No, no es odio, ni tampoco envidia. Es admiración. Y si volvieras a hacerlo, no te preocupes, ya nada podría romperse. Esta vez, no hay amor que perder y el orgullo (si queda) está más que entregado a la derrota de sus encantos. Todo rastro de lo que pudo ser amor, se esfuma, se consume, en todas esas oportunidades que imagino cuán feliz eras en sus brazos, cuánta satisfacción te producía tenerla junto a vos. Y, obviamente, sé que vas a decirme que todo sucedió porque algo andaba mal. Pero ni tus ojos, ni tus silencios pueden negarme que la atracción fue inmediata, que desde el primer encuentro los sentimientos cambiaron y, entre tus batallas, no había lugar para luchar por lo nuestro. ¿Por qué no admitirlo? ¿De qué sirve ocultarlo?
Me torturo imaginándote haciéndole el amor, besándolo.
Perdimos y ganamos algo, algo en verdad.
Un quiebre definitivo, imposible de reparar. Todo, todo cambió luego de tal ruptura. Quizás algún día pueda evitar sentir culpa por haber interferido en ese momento. Igual, estoy segura que ella sabe que cualquier aparición repentina puede destruir todo otra vez. Sólo que ahora, no voy a dejar que me duela tanto.
Y, ¿por qué no admitir, también, que una ráfaga de caricias alternativas me hicieron entender lo feliz que puedo hacer a otra persona? No, no voy a negarlo. Nunca encontré tanto calor y valor como en aquellos amaneceres en la playa, en mil dudas apagadas, en un montón de tequilas protectores. (Un par de tetas no hacen a una mujer).
Un remolino mezcla, los besos y la ausencia.
Un mundo de confusión paralelo, donde ya no hay lugar para tu espera, donde el vacío se oculta tras la resignación y la indiferencia.
Tener bien en claro que puedes irte de nuevo, en cualquier momento, a cualquier lugar.
Pero asimilando que esta vez no voy a querer retenerte.
Escucha una cosa
Que te voy a decir
Aunque te duela el alma
Como me duele a mí
Podría engañarte
Si se me diera mentir
El caso es que
No puedo enamorarme de ti