la eternidad,
el invaluable grado de felicidad,
la incalculable tristeza de saber que sólo es uno,
la impotencia devastadora de entender su carácter fugaz.
Dicotomía.
Un todo. Para siempre.
La nada. Dos días.
Una función paradojal
que cubre nuestros besos
con aires de dicha interminable
y profunda soledad.
Contradicción.
El miedo a perderlo demuestra
la inmensidad de este amor
y, a la vez,
es la mejor arma para desgastar el único sentimiento por el cual daría todo.
Una causa, su elección.
Un agravante, el pasado.
Una ayuda, yo.
No todas las parejas que empiezan mal terminan mal.
Ni todas las que arrancan bien logran su cometido.
Una pareja puede empezar bien y terminar mal,
y viceversa.
Más lo que importa, es el medio.
No hay culpables dolosos
ni inocentes totales.
A nosotros nos toca decidir.
Y, a decir verdad, lo más dañado es aquel orgullo,
destruido por la falta de arrepentimiento
y las ganas de continuar clavando espinas.
El corazón estaba advertido,
conocía el desenlace.
El odio es inútil,
más no es posible dominarlo.
Ni con uno, ni con otro, ni con el tercero.
Y es así como se debilitan las esperanzas,
mueren los sueños,
se deterioran los recuerdos.
Y se olvida que lo más sano es el olvido
(el perdón ya existe)
La paradoja se expande
en ambas direcciones.
En un instante puedes descubrir la eternidad...
más, también, lo efímero de su alcance,
la brevedad de su plenitud.
En un instante puedes descubrir la eternidad...
y perderla.
y perderla.