miércoles, julio 16, 2008

II.

Es hora.
Todo está decidido. Lo noto en tu nerviosa mirada, mientras buscás desesperado las palabras menos dolorosas.
Te contemplo en un ensordecedor silencio, que le recuerda a mis lágrimas cómo había sido la primera vez.
- Así no puedo. Así no...
Finalmente rompés tu mudez y desahogás lo que tanto te atormenta.
Intentás simular tristeza.
Más te olvidás que te conozco un poco. Es alivio lo que sientes.
Apresurado pruebas argumentar lo que dices, pero de nada sirven las excusas.
- Así no puedo. No sé cómo...
- Calla. No te preocupes. Yo sé como son las cosas.
Evitemos perder tiempo y fuerzas en adornos sin sentido.
- Perdón, pero así...
- No tenés que disculparte por nada. Sé lo que te ocurre. Siempre lo supe. Ya no hay nada para agregar, es mejor decir adiós.
Y así, esta vez me despido y me marcho. No puedo volver a caer en el error de verte ir creyendo lo que sé que no es verdad.
Lo supe antes. Lo sé ahora.
Su belleza consigue atraparte nuevamente, porque jamás dejó de hacerlo, desde el primer día.
Nunca lo ignoré.
Sólo dejé correr el tiempo, deseaba descubrir cuánto habías cambiado mi vida.
Pero no desconozco la realidad, ni en este presente, ni aquél verano.
Sólo que, en ciertas oportunidades, debo reconocer, tuve miedo, no de tú adiós, sino de mis esperanzas de tú para siempre.