viernes, octubre 17, 2008

Tener ese miedo constante de saber
que podría volver a hacer lo mismo,
que sería capaz de dejarlo todo por ella
o por alguien más.
(Si pasó una vez, ¿por qué no pasarían dos?)
Sufrir todavía el recuerdo de su adiós,
ese adiós mentiroso y traicionero
que escondía un deseo avasallante,
sus ganas inconfundibles de besarla,
que hacía tiempo lo habían atrapado.
Llorar la derrota de mi orgullo que entendió
que ella ganó desde el primer momento
y siguió haciéndolo siempre
mientras yo creía que su arrepentimiento era cierto,
que sus palabras decían la verdad,
que su boca y sus sueños nunca volvieron a buscarla.
Sentir esa cruel impotencia de querer odiarla con furia
y tener, en realidad, que agradecerle su rechazo
porque de haberle dado una oportunidad
él jamás hubiese vuelto,
ni siquiera para mentirme.
Detestar mi falta de carácter de decisión
a la hora de poner un punto final
cuando sus dudas y juegos
aniquilaban mis sueños.
Maldecir mi conformismo y cobardía
en el instante en que el temor y el dolor por no tenerlo
convencen a mis heridas con el engaño
de que me extrañaba y pensaba en mí mientras besaba sus labios.
Torturarme sin piedad con imágenes de aquel verano,
de su felicidad esa madrugada.
Permitirle a mi imaginación que represente escenas de reencuentros presentes,
conociendo la pena que generan tales idealizaciones.
Cargar con la angustia de ser un compromiso,
una obligación con la cual debe cumplir;
soportar sobre mis hombros el peso de las diferencias
y la persistente dependencia que sus caricias producen en mí.
Culpar a mi desconfianza por tanta incredulidad
cuando debería pedirle perdón
por preferir lo que hasta sus ojos juraban en vano.

Sangrarlo en el alma,
llorarlo desconsoladamente,
nunca dejar de amarlo...


pero dejarlo ir, de a poco, con cuidado.