Y ahora entiendo esa frase tan repetida
que dice que la vida está hecha de
pequeños momentos.
Nada (ni nadie) es eterno.
La muerte y el final están marcados de antemano.
Nosotros, simplemente, recorremos el camino.
Realmente no sé si existe un destino,
una causa,
o si todo es pura casualidad.
Pero, tarde o temprano,
por más esfuerzo y vueltas que demos,
llega.
Quizás sea más fácil, más llevadero,
imaginarnos que nos gobiernan
causas supremas,
así no tendríamos que carcomernos la cabeza
buscando un por qué.
Y sin embargo, la opción más compleja
es la más elegida.
La felicidad la encontramos en
pequeños momentos.
Pero es tan efímera que casi siempre
pasa sin que nos demos cuenta.
Las decepciones se encargan de demostrarnos
lo rápido que corre el tiempo.
De repente te tengo entre mis brazos,
y reímos,
y nos besamos,
y pienso en Abril Eva,
y en Australia.
Y así, también de repente,
se esfuma el momento,
quedando solamente
la decepción.
Me resisto a creer que es el destino el culpable
cuando se interponen decisiones tan nuestras.
Pero es más cómodo,
menos doloroso,
y hasta más sano,
pensar que,
si pasó, por algo fue.
La eternidad sólo es posible
en los cuentos de hadas.
En esta vida, hay que disfrutar los
pequeños momentos,
mientras mantengan su efecto de felicidad.
Y dejarlos ir,
cuando la decepción se apodere de ellos,
evitando que duela más de la cuenta,
porque,
de todas maneras,
de un instante a otro,
terminan,
mueren,
desaparecen.
Dejarlos ir,
y guardar, simplemente,
sus recuerdos.
Y, a pesar de lo sencillo que resulta
plasmarlo en un papel,
en la realidad es casi imposible
ponerlo en práctica.