jueves, agosto 16, 2007

perdernos.

Te pierdes en su cálido abrazo indecente,
en sus encantos naturales
que embrujan noches invernales,
haciéndote caer en la locura de un eclipse rojizo.
Sabe exáctamente dónde buscarte;
conoce todos los rincones
donde habita mi ausencia.
Dominarte es su pasatiempo preferido.
Su trampa, tu caída.
Su arma, su belleza.
Tu perdición, mi agonía, su victoria.
Te pierdes en su escote maduro,
nido escondido de infinitas pasiones,
paraíso deseado en tus sueños secretos.
Sabe con certeza cómo atraparte, retenerte,
disfrutarte, divertida,
mientras te hundes en sus ojos desafiantes,
prisiones eternas de únicas esmeraldas,
constante condena de mis anhelos errantes.
Dueña primera de tus fantasías ocultas.
Emperatriz ideal de las camas ajenas.
Perfecta traición en todo momento.
Sé que te pierdes en su pícara risa,
estrategia invensible
que hace confundir
hasta a sus más fanáticos enemigos.
Sé que también eres presa fácil
de sus contínuos trucos de seducción inigualable.
No hay competencia capaz de hacerle frente
a tan avasallante jugadora.
Te encandilas, mueres en vida
ante la magia que desprende
cuando te mira fijamente.
Sus piernas son la carnada más precisa
para mantener cautivas almas peregrinas.
Te pierdes, lo sabes muy bien,
en su intensa hermosura despiadada,
en sus labios seguros,
amantes de tu admiración,
infierno de mi soledad;
deambulas libertino en las varias madrugadas
de deliciosos errores que llevan su marca.
Te pierdes, corazón, lo sé,
en las maravillosas flores
de su primavera inventada.
Y con ellas se pierde, también,
este amor
que se creía inmortal.