Vi desmoronarse cada una de nuestras ilusiones
que creían en una posible segunda oportunidad.
Fui cómplice de todas esas miradas ajenas
que nos proponían alejarnos de nosotros.
Alimenté día a día este miedo a perderte
sabiéndote perdido de ante mano.
Quise engañar a la angustia de entenderte en sus brazos
con un poco de falsa hipocresía y mentirosa indiferencia.
Fui testigo y parte del abandono
que destruyó nuestro principio prometedor.
Me enceguecí de repente para evitar aceptar
que su entrada en tu vida ya era evidente.
Caí en el error de un pasado orgulloso y perseverante,
incapaz de admitir que el recuerdo era mejor que la vuelta.
Busqué refugio en dudas equivocadas y cobardes.
Permití que sus encantos te atraparan en el momento oportuno,
mientras me ahogaba en ese mar de confusiones absurdas e idealizaciones irrealizables.
Me mostré fría y escéptica cuando debí haber actuado más impulsivamente que nunca.
Fui compartiendo cada nuevo golpe con gusto conocido,
encargados de profundizar esta distancia que hasta en sueños nos separa.
Pude reconocer poco a poco que tu felicidad no buscaba mi compañía;
comprendí el significado de es tarde, el sufrimiento de así no puedo, la tristeza de ese adiós.
Aprendí que el amor no siempre es suficiente
(creéme que lo aprendí).
Dejé que el tiempo consuma tu cariño y que el dolor te llevara a otros labios. Su deseo fue determinante; el consuelo, eficaz.
Fui perdiéndonos lentamente,
tratando de rescatar una gota de magia inexistente,
haciendo lo imposible para salvar esperanzas disecadas,
amante del sufrimiento del desamor.
Fui perdiéndote un poco más en cada nuevo amanecer
que nos despertaba casi juntos,
anhelando otras camas.
Simplemente
dejé que nuestro futuro perfecto muriera
sin hacer más que llorar su pérdida.
Maldita impotencia.
No hay culpables. Hay idiotas.