Surgen descontroladas.
Se apresuran, se alteran;
chocan, se fusionan, se desprenden.
Desesperan.
Por momentos creen alcanzar un ritmo sincronizado,
podría decir que hasta armónico,
pero, de repente, se precipitan ansiosas, desordenadas, furiosas.
Impotentes.
Saben que su vida es tan difusa como su causa,
efímera, abstracta.
Sentimientos puramente impulsivos las hacen nacer y renacer,
las calman, las matan.
Y las vuelven a resucitar.
Pasión.
Medio inmediato de canalización.
Se amigan y, contradictoriamente,
se declaran la guerra.
Buscan ganar a toda costa
una carrera que saben
las lleva a su fin.
Pero el desafío es encantador.
Gustan, atraen.
Hasta embrujan.
Mortifican, entristecen, acongojan.
Atormentan y apenan.
Duelen.
Pero tranquilizan, amortiguan
la locura desmedida.
Sin embargo, hay algo que jamás van a entender,
por más que busquen en cada rincón, en cada momento, en todo tiempo de existencia:
¿cuál es la razón de tantas lágrimas?