jueves, junio 26, 2008

sólo café.

Podríamos tranquilamente compartir un café
como por casualidad.
Intentaríamos, incluso, disimular los nervios que nos consumen por dentro
cuando nos encontramos, nos miramos, después de tanto tiempo.
Más aún, seríamos capaces de convencernos,
a los dos y a nosotros mismos,
de que se trataría sólo de una charla común
entre dos personas que se simpatizan y aprecian
sin más alegoría que esa.
Un saludo cordial, pero expresivo,
medio torpe y atolondrado tal vez.
Inquietud.
Una alegría con gusto a olvido.
Y luego, una hora, otra, y otra.
Dejar que nuestras palabras se mezclen,
darnos permiso para reírnos sin culpa,
tocarnos las manos tratando de que no represente
ni siquiera una caricia descuidada.
Evitar recordarnos juntos,
no imaginar cómo serían los días
si tus besos fuesen míos,
esconder el deseo de dormir contigo,
de amanecer en tus brazos.
Y, así, dejar pasar el tiempo,
sin decir todo aquello que nuestras almas gritan en silencio.

Podríamos, simplemente, tomar un café.
En él ahogaremos lo que fue,
lo que pudo haber sido.