
Inventamos un mundo donde perdemos la razón y nos encontramos el uno al otro, de cada lado de aquella estrecha línea que divide el pasado del presente. Y en un momento, mirándonos fijamente a los ojos olvidamos el tiempo y sólo nos dedicamos a disfrutar de ese Paraíso inventado. Las hojas de los árboles caen recordándonos cuánta belleza envejece. Pero no nos importa porque estamos juntos. Y nada puede ser más mágico. El mantial de sueños ocultos donde mueren las más perdidas lágrimas nos enseña que aún así, duele. Pero estamos juntos. Detrás de cada mirada escondemos un horizonte eterno, que únicamente nosotros conocemos. Con cada palabra nos prometemos una playa sin final. Sin embargo, las mariposas muertas y los antiguos aromas nos invitan a volver, nos incitan a la partida sin pasaje de regreso. Luchamos contra la realidad, aún no sabiendo por qué razón lo estamos haciendo. ¿Quién la puede saber? ¿Cómo se puede explicar? ¿Cuántas maravillas oculta nuestro sueño? ¿Por qué no podemos reírnos sin huir de la verdad? Y estamos juntos, pero nos vemos partir. Nos observamos alejándonos. Nos despedimos con la certeza de volvernos a encontrar, pero con el temor del adiós y el dolor de la melancolía. Nos dejamos ir sabiendo que jamás uniremos nuestras vidas para siempre, como relatan tan hermosos cuentos de hadas y princesas. La lluvia cae suavemente, pero, con cada paso, aumenta su poder. Nosotros también lloramos. Nos duele conocer el sabor de la victoria. Cada despedida es una batalla ganada. ¿Qué tan fuerte puede ser el orgullo? ¿En qué héroe es capaz de transformarse el miedo?
Y nos dejamos ir, pero sabemos que en algún momento nos volveremos a encontrar, en nuestro Paraiso perdido, en algún lugar.
¿Acaso se deja de soñar?
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