No me toques.
Nunca de nuevo.
Un poco.
Tal vez no debería sentirme como me siento, pero es inevitable que la tristeza invada mi rincón. Y se apodere de él por rato, hasta que me de cuenta que no vale la pena y acabe con tal inspiración. Ese dios invensible y magnánimo se ha convertido en este ser tan cobarde y orgulloso que ha decepcionado cada parte interior. Te busco en el mar de los recuerdos y te encuentro en otro tiempo, colmando de felicidad un instante cualquiera, sacando una sonrisa en el rostro deseado. Te veo revolcado en la arena, pegado a mi cuerpo, mojados. Te busco de nuevo y aparecés en mi cama, impactante y hermoso. Un desayuno improvisado marcando el comienzo de un sentimiento. Y te estoy buscando ahora, recorro los bares, las playas, las casas, el colegio; me hundo en el tiempo, en el sueño, en cada aroma y caricia entregadas con pasión, en todos los besos dados por error. Pero no logro verte, tu ausencia me invita a superar y a resignar. Intento salvarte, pero sola no puedo. ¿Adónde enterraste los bellos momentos? ¿Acaso encerraste aquellas palabras que tanto dijiste la noche en que el cielo me mostraba otra salida? Me hablaste de miedos y heridas. Te hablé de jugarnos una vez. Callaste. Y no te miré. No tengo tanto coraje ni tan alto el orgullo como para abrirte la puerta y dejarte ir. Pero te invito a partir, tal vez pidiendo que lo hagas, tal vez rogando que te quedes. Ahora entiendo que el mundo no tiene colores, que todo lo que creemos ver es irreal y que jamás podremos recuperar ese brillo en los ojos, ni el calor de los cuerpos juntos al despertar. Quizás esperaba un arma de consuelo y un poema a medio terminar. Gracias por tan lindo verano, el otoño ha llegado. Así como las hojas, los recuerdos se marchitarán. Así como lo he dicho, concluyo esta frase, te sangro en el alma y te empiezo a olvidar.
No me toques, nunca jamás. Ahora sí, y para siempre.
A veces, tendrías que tratar de ver más allá.
Yo, que te quise como nadie.
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